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La cata

Catar el vino significa descubrir sus características a través de la vista, el olfato y el gusto. Al tratarse de una percepción, es una actividad que arroja resultados subjetivos: lo que es bueno para algunos para otros no lo es. Al catar recordamos otros aromas y sabores que conocemos y los descubrimos en los vinos que degustamos y podemos describirlo para, por ejemplo, recomendarlo.

Antes de comenzar debemos tener presentes algunos aspectos esenciales para que la experiencia de catar vinos sea correctamente realizada.

La copa de cristal fino y transparente, sin tallar, es el utensilio ideal, pues ofrece las garantías para una degustación eficaz. Fina e incolora, permite una visibilidad perfecta del vino. Su forma de tulipa y el fondo hemisférico facilitan la percepción olfativa. Se debe llenar solamente hasta su parte más ancha, es decir, un cuarto de la copa.

El lugar donde se realice la cata es fundamental. Debe ser agradable a la vista, al olfato e incluso al oído. Prefiera un lugar con buena luz y buena aireación y recuerde no usar perfumes pesados. La temperatura ambiente ideal debe estar entre los 18 a 20 grados centígrados. El mejor horario para la degustación es entre diez de la mañana y una de la tarde, porque los sentidos están más descansados (ojalá evitar a que sea de noche, cuando estamos más cansados y menos despiertos). Respecto a la temperatura de degustación, ésta depende del tipo de vino que estemos catando: para los blancos y rosados es de unos 9 y 11 grados centígrados, para los espumosos entre 7 y 8 grados, para un vino de cosecha tardía (uva pasa o late harvest) entre 7 y 9 grados, y mientras que para tintos se recomiendan unos 16 y 18 grados.. La temperatura también varía dependiendo del gusto del catador. Algunas bodegas recomiendan en la contraetiqueta una temperatura de degustación. Con una temperatura adecuada, conseguiremos percibir, y por lo tanto evaluar, los diferentes aspectos de un vino.

Es aconsejable degustar más de un vino en una sesión con el fin de compararlos y evaluar mejor los aspectos de uno u otro. El orden en el que se debe hacer la degustación es comenzar por los blancos, continuar por los rosados y finalmente los tintos y, dentro de un mismo grupo, primero los secos y luego los dulces; los más ligeros antes de los más estructurados o con más cuerpo, y de los más jóvenes a los de mayor guarda.

El corcho se extraerá sin atravesarlo y no debe presentar ningún aroma desagradable, ni siquiera a corcho, pues existe peligro de comunicar al vino ese sabor. La perfecta conjunción de todos los parámetros organolépticos (el color y la turbidez) de un vino, da un resultado positivo y unidimensional, donde no observamos aristas o dientes de sierra, es decir, ningún sabor y/o aroma que sobresale por encima de otro.